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Cada labio
cada bacteria en la saliva
cada incendio genital

El susurro de tus músculos al tensarse
el crecer de tu pelo y tus uñas
tus pensamientos saltando de un hemisferio del cerebro a otro

Las raíces de tus macetas estirándose
un gato maullando en otra franja horaria
un huevo hirviendo en Tokio.

Cuando me abrazas, si cierro los ojos, soy un xmen

*Foto pre-retoque Javier Crux (http://www.fotolog.com/javiercrux/39362840)
Vueltas y vueltas, mientras vuelas y vuelas hasta que vuelcas y vuelcas hasta que vuelves... y de vuelta das vueltas y vueltas, mientras vuelas y vuelas...
¿Y qué pasa si me quedo sin palabras?
¿Qué pasa si se me caen al suelo como hojas caducadas y ya no me sirve ninguna?
...porque lo tuyo, no tiene nombre.
De desierto en desierto bebiendo arena, no tenía más que barro en las tripas. Una masa inerte y pastosa, que le daba ardor de estómago.
Pero un día empezó a llover, sin haberlo pedido, y lo tenía tan fácil que era sólo mirar hacia arriba y abrir la boca.
Y así el agua la limpió por dentro y le regó los órganos, como un hacer el amor de invernadero.
Desde entonces, quedan en las temporadas húmedas, pero ella se guarda en la entrañas un par de charcos (por si las emergencias).


La memoria da miedo, porque hace vida por su cuenta. A veces te deja flores en la puerta y otras te escupe con cara de enfadada, o te da pellizcos hasta que se te saltan las lágrimas.

Es un poco defectuosa, funciona para lo que le da gana, y es una de las mejores coartadas para engañarnos a nosotros mismos.

Las memorias se dan puñetazos entre sí cuando no se conocen, hasta que una sale ganando o se van cada una por su lado sin darse la vuelta. Otras veces se restriegan trapos sucios por las caras, porque son memorias con mucha memoria, de las malas.

En los días tiernos, se despiertan unas a otras, de un beso en la frente, y la que estaba dormida sonríe y abre los ojillos, desperezándose.

La memoria a veces coje carrerilla y salta, y luego vuelve para contarte lo que ha visto.
La memoria a veces se muere antes que tú y da mucha pena.
(Cuando algo me sorprende, dos enanos se enganchan de mis comisuras y me hacen sonreir).

Llegaste como un respirar por la boca, cuando el aire que entraba por la nariz no era suficiente.

Me daba miedo mirarte, por si estallabas en mil pedazos, o por si se me arrugaba el sueño. Mataba el tiempo aprendiéndome las manchas de la pared y las motas de polvo del suelo.
Tú mientras me hacías cosquillas con las pestañas, desde lejos, y tu mirada me hurgaba los poros y me investigaba las encías, como si fuera un caballo en venta.

(Cuando algo me sorprende, tengo una erección de sonrisa, que es lo más bonito del mundo).
¿Y qué culpa tienes tú de haberte comido a Peter Pan? El tío se lo estaba buscando, tan lozano y con tanta energía. Estaba pidiéndolo a gritos, provocándote con sus mallas, sus saltos, su falta de sombra y sus delirios infantiles.
Hoy querías ser especial, esperar un regalo, bailar el aro con la órbita del mundo.
Hoy querías jugar al escondite inglés, reirte con los Goonies y pedirle agua a mamá, desde la cama.
Hoy querías que fuera tu no cumpleaños y que se acordaran de felicitarte.
Dí que no, que no ha sido por envidia, ha sido por hambre.
Entre dos pecados deambula
tambaleándose en una cuerda escasa
y no sabe si agarrarse o buscar un paracaídas.

Entre dos delitos se la juega
haciendo malabarismos con una llave y sus esposas
y no sabe si entregarse o comprarse un antifaz y una peluca.

Entre dos aludes se pasea
avanzando con unos skies defectuosos
y no sabe si gritar o correr desesperado hasta el refugio.
Querido Lobo Feroz:

Ya he recibido el correo con tu foto, gracias.
Tengo que reconocer que eres bastante atractivo y sería un placer conocerte, por supuesto.
Pero antes que nada, me gustaría avisarte de lo delicada que soy, no vayas a destrozarme con una mirada mal echada cuando nos encontremos.

Supongo que habrás oído hablar de mí por la escenita de los colchones. Reconozco que fue un momento épico, casi de circo. Lo hubiera conseguido con un grano de couscous, pero tampoco era cuestión de fardar.
Pero bueno, lo que quería comentarte es que ser delicada también tiene sus incovenientes, porque para empezar tendremos que hacerlo sin tocarnos (y más después de ver lo peludo que eres y la cantidad de microorganismos que llevarás puestos).
He pensado que podríamos sentarnos uno frente al otro y decirnos guarradas. Soy bastante buena en eso (algunos galanes grimmianos podrán corroborártelo), así que aunque en principio te parezca un poco raro, te aseguro que será satisfactorio.

Si aún sigue interesándote contesta a mi email diciéndome cuándo te vendría bien quedar. El sitio ya lo elijo yo, que tengo vistos un par de locales aptos para encuentros salubres.

Espero tus respuesta. Un abrazo

La Princesa del Guisante
Un perro sucio hurgaba en la basura
un viejo famélico se apoyaba en un quicio
un dolor se paseaba con batín, copa y puro
mientras el niño se ahogaba en un charco de sangre.

Una calle estrecha se vestía de avenida
un millón de uniformes regaban la noche
el demonio a oscuras se partía de risa
mientras el niño se ahogaba en un charco de sangre.

Una lágrima vírgen saltaba de un ojo
un error sonrojado nacía y chillaba
un enano corría porque seguía vivo
mientras el niño se ahogaba en un charco de sangre.
Cada vez tengo más claro que no me quiero morir. Estoy pensando opciones para convertirme en inmortal, pero ninguna me congratula lo suficiente.
Han intentado venderme elixires de eterna juventud, e incluso un día un vampiro me guiñó un ojo, pero no me fío. De los farmacéuticos y los animalicos pseudocaníbales una no se puede fiar.
Agradecería que alguien me ofreciera una solución, y a ser posible sin efectos secundarios. No tengo ganas de seguir viva mientras me pudro (los gusanos me dan asquete), ni de tener una interminable existencia llena de achaques o alzheimeres varios.
Si se te ocurre algo, llámame y lo negociamos. No puedo pagarte mucho, pero te lo agradeceré eternamente.

Cuando se me sube la furia latina apartaos de mi camino, porque muerdo y hago pupa. Eso fantásticos días en los que me dan ganas de matar, de gritar, de escupir al cielo y de torturar con palabras.

Ante todo pronóstico, no tiene nada que ver con fuerzas hormonales, es más una cuestión de acumulación de tareas pendientes. La rabia me va llenando, primero los pies, luego hasta la cintura, después sube hasta el pecho y finalmente exploto, como un termómetro lleno de mala leche.

Cuando me sube la furia latina no me reconoce ni mi madre, porque se me comprime la cara alrededor de la nariz, en un pliegue compacto. La culpa es de mis nervios, que se tensan como un arco, con la intención de utilizar mi cara como flecha a la primera de cambio.

Cuando me sube la furia latina, luego se me baja. Pero mientras dura se puede sentir un pequeño holocausto nuclear. Si algún día te cruzas conmigo, huye, porque no me gustaría dejarte secuelas inrreversibles, a ti y a tus futuros descendientes.
Estar hirviendo no es un delito, pero no dejes que se te vean las burbujas. Aguanta la respiración, coge aire y dale a la soledad (esa perra que te pisa los talones) un taconazo en la espinilla.

Pero no te gires para mirarla porque dicen las malas lenguas que si miras a la soledad a la cara, te partirá en dos, como los sandwiches de nocilla de los cumpleaños. Y ser una mitad es un desastre porque siempre te faltará un brazo, un ojo y si tienes mala suerte y se ha quedado en el otro lado, un corazón.
De un vistazo rápido le sintetizó: era un fresco, un canalla.
Sonreía a todo el mundo y a nadie en particular, dejando que su estela de dientes alumbrara el garito. Se movía de un lado a otro, saludando, abriendo la masa con pequeños toques de hombro (a los hombres) y de cintura (a las mujeres).
Disimulaba bastante bien, pero a veces se le escapaban pequeñas miradas furtivas al espejo de detrás de la barra. No podía evitarlo, estaba encantadísimo de conocerse.

Adela seguía mirándole, con una sonrisa de medio lado como diciendo "cuando te coja verás". Y justo entonces él se acercó y le tocó la punta de la nariz
- Si no dejas de mirarme, al final te tendré que cobrar- dijo entre los dientes de su sonrisa.
El pobre no se daba cuenta de que acaba de caer en su propia trampa y que algo mucho peor que la carencia de espejos estaba a punto de avecinarse sobre él.

Ciento veinte palabras y dos cervezas después se estaban morreando. Él estaba encantado y salivaba estupendamente pensando en lo que creía que vendría después. Le besó el cuello y aprovechando la subida le dijo al oído:
-Vente conmigo, voy a llevarte a un sitio genial.
Y como era de esperar se la llevó a su casa y la metió en la cama (previo desnudamiento erótico).

Entonces Adela le deleitó con sus más estudiadas artes amatorias, saltos acrobáticos y demás juegos orales. Él no la miraba, tenía los ojos cerrados y gemía como un animal herido, gemidos in crecendo, que habría dicho un músico.
Cuando él se disponía a vaciarse, Adela se estiró, como un gato cuando se pone alerta.
Estaba subida sobre él, con los ojos telescópicos y negros. Estiró los brazos y los dejó crecer hasta alcanzar el techo. Adela aumentaba, sus piernas, su cuello, y se hacía gigante mientras se preparaba para el ataque. Su cuerpo se transformaba en un tallo monstruoso, de sus extremidades salían hojas y su pelo se compactaba en un rojo infinito formando dos pétalos. Fue entonces cuando él abrió los ojos e intentó gritar, pero ya era tarde, a Adela le habían salido los dientes.
Así fue como aquella noche La Planta consiguió una buena digestión postcoital y el mundo se quedó con un canalla menos.
Ahogar, dulce ahogar.
Quedarme sin aire porque te lo quedas tú, boca a boca. O morder la almohada y respirar el aire esponjoso, a medio gas. O cuando aprietas tu mano contra mi  boca, para que no chille, quedándote el chillido en la mano, para escucharlo otro día, como hacen los niños con las caracolas.
Ahogarse, dulce ahogarse.
Antes de nacer, yo ya pensaba, (porque era muy resabida ya desde el principio) y pensaba que qué bien se estaba en el útero y que de allí no me movía ni dios.
Supongo que algo tendrá que ver, que cuando a mi madre le empezaron las contracciones estaba viendo el un, dos, tres y yo, acostumbrada a no elegir (porque me lo daban todo hecho), me imaginé un mundo donde todo sería cuestión de tomar decisiones "¿el sobre verde o la caja con lazo?". Así que me hice la dura, estiré los brazos y las piernas para hacer tope y levanté la cabeza y grité bien alto ¡¡NO NOS MOVERÁN!!
Mi madre se puso tensa entonces y pensó en darme un cachete para hacerme entrar en razón, pero pegar a un hija nonata está feo, y se contuvo.
Así fue como después de 18 horas de parto y viendo que yo seguía en mis trece, el médico decidió entrar a por mí. Se puso un casco con luz (como los de los mineros) y metió la cabeza y un brazo dentro de mi madre.
Al principio intentó tocar mi lado sensible. Me explicó que mi madre estaba pasándolo muy mal y que si yo no salía ella tendría muchos problemas de espalda en el futuro. No funcionó.
Después recurrió a la negociación "si sales te doy esta piruleta" o " tu madre ha dejado de proveerte avituallamiento, antes o después te tendrás que rendir". Tampoco funcionó.
Finalmente la fuerza se impuso sobre la maña y me agarró de una oreja y tiró hacia fuera con todas sus fuerzas ( y las de dos enfermeras que le ayudaban desde fuera). Mi madre también empujaba, a la vez que me ponía un montón de nombres, que me hacían justicia, pero que no me gustaban nada "sal ya, hijaputa" "te voy a matar, pedazo de bebé sadico". Y al final salí.
Pero salí porque quise, porque ya me había entrado hambre.
Con la rotura de la placenta me caí al suelo y me resbalé. Pero me levanté, con la cabeza alta y los ojos entornados, me sacudí la sangre con el revés de las manos y me fui andando hacia la cafetería, con un pie delante del otro y moviendo el culo. Pa chula yo.
*Frase patrocinada por Javier Crux
Me robaste un silencio y te montaste un aire acondicionado Fujitsu.
Me robaste una pestaña y te tejiste un felpudo
Me robaste un diente y te hiciste un rosario.
Me robaste una gota se sudor y preparaste un aliño para ensaladas.

Me robaste una lágrima y llenaste tu mueble bar
Me robaste un poco de sangre y te pintaste la habitación
Me robaste los pulmones y te cosiste los cojines para el sofá
Me robaste el corazón y fabricaste un reloj de pared.

No soy digna de entrar en tu casa, pero te la he decorado yo, que quede claro.
De nada me sirve regalarme y ponerme lazo y pegatina de "espero que te guste" si ya tienes otros regalos más grandes y más caros. Porque yo soy como un pez hecho con palillos para el día del padre, o un poema escrito con tu nombre, o una canción cursi cantada al oído.
Si me desnudo y te enseño los huesos, si me dejo ver despeinada y en zapatillas de estar en casa, si me como los ladrillos de mi muro, para dejarte pasar, espero que por lo menos me mires.
De nada me sirve regalarme si me vas a dejar en el altillo del armario cogiendo polvo.
Desatándome los cordones te miro. Estás sentado en la cama, esperando a que me desnude los pies.
Un hilillo de baba te cae por la comisura y no te das cuenta, porque estás más excitado de lo que piensas.
Entonces sin poder evitarlo me das asco y con mi pie recién desnudo te pateo en la boca, dejándote inconsciente sobre las sábanas.
Cojo mis zapatillas, les quito los cordones y te ato, con las manos en la espalda. Saco de mi bolso un impresionante queso machego, un cuchillo y una tabla de madera y voy cortando cuñas, olorosos triángulos de leche fermentada que voy metiendo, uno a uno, en tu boca entreabierta.
Al poco rato te despiertas, confuso, e intentas gritar, pero el queso no te deja apenas respirar y te da un ataque de tos.
Me acerco a tu oído y con una voz casi inaudible te digo:
-Ya tienes lo que querías, enfermo de mierda. Échale imaginación.