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Si la muerte me rodea y me acorrala en una esquina
y aunque no quiera mirarla me sujeta de la barbilla
y abre los ojos muy grande, para darme miedo.

Si la muerte se codea con mis lunes y mis martes
y subraya mis días en su calendario.

Porque dejar de existir, de pensar, de perder
me arde fuerte en el estómago, como una nada inmensa.

No soy yo, no serás tú, ni habrá ellos ni nosotros
Sölo el negro, (o tal vez el blanco)
y un pitido de silencio.

Un silencio que no es cómodo, ni incómodo
es acómodo, no existe.

No despeinarse nunca más, no latir, no ver nada.
Que no te duelan las muelas, ni se te ponga la piel de gallina.

No cantar, no soñar, no levantar polvos cuando andas.
Que NADIE más hable de ti cuando pasen dos generaciones.

Porque existes, mientras ellos existan, pero después, estás extinto.


Tantas flores que no significan nada. Tanto cadáveres de plantas. Tantas lágrimas gigantes, tanto hipo.

Ojos rojos, sofá vacío, desayunar con la tele.

Tanta cama fría, cuánto "no va entrar por la puerta", cuánta comida tirada a la basura que a ti te gustaba, pero a mí no.

Doblar los calcetines que ya no tienen pies y escuchar un ruido extraño y saber que no eres tú.

Tirar tu cepillo de dientes.




Me baño a oscuras en un derrumbamiento de sombras
y me dejo tocar hasta dentro por unos dedos negros,
misteriosos y atemporales.
Después me agarran por la garganta
y me asfixio en mi propia carne
y derrotada me dejo llevar
y derrotada me agarroto.
Cómeme y quítame la luz
apágame y déjame sin ideas.
Para mí la noche, mía.
El robot se queja, porque tiene la aorta rota. Sangra líquidos y llora líquidos porque le han liquidado.
“Sabías que no debías despistarte” – se dijo

El martes el robot era metal, una aleación de materiales innombrables y aburridos. El robot era predecible, perfecto, sin sexo, ortodoxo.

El miércoles el robot mutó, se hizo híbrido y los cables fueron venas y el carburante bilis y su GPS se transformó en orientación. Un ser mixto, como un vagabundo con una pierna ortopédica.

El jueves fue consciente de su consciencia y deseo morir porque sabía que algún día moriría.

El viernes se arrancó el cuadro de mandos. Se llevó con ello dos uñas y un montón de pieles. Se hizo nudos en los cables y lazos en los nudos y se sintió artístico, creador y autoasesino.

El sábado por la mañana se arrepintió, pero ya era más que tarde.
Cada vez tengo más claro que no me quiero morir. Estoy pensando opciones para convertirme en inmortal, pero ninguna me congratula lo suficiente.
Han intentado venderme elixires de eterna juventud, e incluso un día un vampiro me guiñó un ojo, pero no me fío. De los farmacéuticos y los animalicos pseudocaníbales una no se puede fiar.
Agradecería que alguien me ofreciera una solución, y a ser posible sin efectos secundarios. No tengo ganas de seguir viva mientras me pudro (los gusanos me dan asquete), ni de tener una interminable existencia llena de achaques o alzheimeres varios.
Si se te ocurre algo, llámame y lo negociamos. No puedo pagarte mucho, pero te lo agradeceré eternamente.
Antes de morir preparé mi propia caja. Una caja de zapatos de Elche, de los baratos, forrada con recortes de revistas modernas y pintonas.
Dentro habrá una muela del juicio, un ombligo, un condón y una manta de sofá. La manta ocupará mucho espacio y no cabrá casi nada más.
Fuera se quedarán los besos, los relojes y la tarjeta de crédito. Los besos estarán caducados, los relojes no los necesito y con la tarjeta no puedo ni siquiera sobornar a San Pedro (está chapado a la antigua y sólo admite efectivo).
Cuando me muera me meteré dentro de mi caja. Me arrugaré despacito hasta hacerme pequeña y no se me salgan los pies. Me enrollaré sobre mí misma como una compresa usada y me quedaré quietecita, para no morderme con mi propia muela, ni sacarme un ojo con el ombligo (porque aún muerta, un ombliguerazo molesta).

Igual me da igual, porque 1-1 es igual a 0

Tú no te quieres morir, ¿a que no?.
Pues yo tampoco.
Daría mi vida por no morirme.

¿Y qué se sentirá, mamá?. ¿No se sentirá nada?¿Cómo es no sentir nada?

Le he preguntado a mis geranios, pero no me contestan.
Esos desgraciados ni sienten ni padecen.