Si la muerte me rodea y me acorrala en una esquina
y aunque no quiera mirarla me sujeta de la barbilla
y abre los ojos muy grande, para darme miedo.
Si la muerte se codea con mis lunes y mis martes
y subraya mis días en su calendario.
Porque dejar de existir, de pensar, de perder
me arde fuerte en el estómago, como una nada inmensa.
No soy yo, no serás tú, ni habrá ellos ni nosotros
Sölo el negro, (o tal vez el blanco)
y un pitido de silencio.
Un silencio que no es cómodo, ni incómodo
es acómodo, no existe.
No despeinarse nunca más, no latir, no ver nada.
Que no te duelan las muelas, ni se te ponga la piel de gallina.
No cantar, no soñar, no levantar polvos cuando andas.
Que NADIE más hable de ti cuando pasen dos generaciones.
Porque existes, mientras ellos existan, pero después, estás extinto.
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Soy una gota en la pasta de dientes
un salpicón de agua en el lavabo
ni siquiera, ni siquiera inapropiado
sólo absurdo e indiferente.
Ojos de bombilla que se acaban de fundir
hinchados, dementes, las pupilas de barniz
sin luz intentando no ser hilo de tapiz
sin piel, ser orden, cosido, ser evidente
pasar por la aguja sin enseñar los dientes
Los sentimientos no tiene ascensor
a veces en el primer piso hacen eclosión
el estatismo es la cáscara y sin voz
se quiebra y todo podrido se desparrama
por mucho que digan, el tiempo no sirve de nada.
Verde y depravado
esquelético, indecente
mi corazón en los huesos clavándose
las aristas no late de miedo
un salpicón de agua en el lavabo
ni siquiera, ni siquiera inapropiado
sólo absurdo e indiferente.
Ojos de bombilla que se acaban de fundir
hinchados, dementes, las pupilas de barniz
sin luz intentando no ser hilo de tapiz
sin piel, ser orden, cosido, ser evidente
pasar por la aguja sin enseñar los dientes
Los sentimientos no tiene ascensor
a veces en el primer piso hacen eclosión
el estatismo es la cáscara y sin voz
se quiebra y todo podrido se desparrama
por mucho que digan, el tiempo no sirve de nada.
Verde y depravado
esquelético, indecente
mi corazón en los huesos clavándose
las aristas no late de miedo
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Me baño a oscuras en un derrumbamiento de sombras
y me dejo tocar hasta dentro por unos dedos negros,
misteriosos y atemporales.
Después me agarran por la garganta
y me asfixio en mi propia carne
y derrotada me dejo llevar
y derrotada me agarroto.
Cómeme y quítame la luz
apágame y déjame sin ideas.
Para mí la noche, mía.
y me dejo tocar hasta dentro por unos dedos negros,
misteriosos y atemporales.
Después me agarran por la garganta
y me asfixio en mi propia carne
y derrotada me dejo llevar
y derrotada me agarroto.
Cómeme y quítame la luz
apágame y déjame sin ideas.
Para mí la noche, mía.
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Entre dos pecados deambula
tambaleándose en una cuerda escasa
y no sabe si agarrarse o buscar un paracaídas.
Entre dos delitos se la juega
haciendo malabarismos con una llave y sus esposas
y no sabe si entregarse o comprarse un antifaz y una peluca.
Entre dos aludes se pasea
avanzando con unos skies defectuosos
y no sabe si gritar o correr desesperado hasta el refugio.
tambaleándose en una cuerda escasa
y no sabe si agarrarse o buscar un paracaídas.
Entre dos delitos se la juega
haciendo malabarismos con una llave y sus esposas
y no sabe si entregarse o comprarse un antifaz y una peluca.
Entre dos aludes se pasea
avanzando con unos skies defectuosos
y no sabe si gritar o correr desesperado hasta el refugio.
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Un perro sucio hurgaba en la basura
un viejo famélico se apoyaba en un quicio
un dolor se paseaba con batín, copa y puro
mientras el niño se ahogaba en un charco de sangre.
Una calle estrecha se vestía de avenida
un millón de uniformes regaban la noche
el demonio a oscuras se partía de risa
mientras el niño se ahogaba en un charco de sangre.
Una lágrima vírgen saltaba de un ojo
un error sonrojado nacía y chillaba
un enano corría porque seguía vivo
mientras el niño se ahogaba en un charco de sangre.
un viejo famélico se apoyaba en un quicio
un dolor se paseaba con batín, copa y puro
mientras el niño se ahogaba en un charco de sangre.
Una calle estrecha se vestía de avenida
un millón de uniformes regaban la noche
el demonio a oscuras se partía de risa
mientras el niño se ahogaba en un charco de sangre.
Una lágrima vírgen saltaba de un ojo
un error sonrojado nacía y chillaba
un enano corría porque seguía vivo
mientras el niño se ahogaba en un charco de sangre.
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De un vistazo rápido le sintetizó: era un fresco, un canalla.
Sonreía a todo el mundo y a nadie en particular, dejando que su estela de dientes alumbrara el garito. Se movía de un lado a otro, saludando, abriendo la masa con pequeños toques de hombro (a los hombres) y de cintura (a las mujeres).
Disimulaba bastante bien, pero a veces se le escapaban pequeñas miradas furtivas al espejo de detrás de la barra. No podía evitarlo, estaba encantadísimo de conocerse.
Adela seguía mirándole, con una sonrisa de medio lado como diciendo "cuando te coja verás". Y justo entonces él se acercó y le tocó la punta de la nariz
- Si no dejas de mirarme, al final te tendré que cobrar- dijo entre los dientes de su sonrisa.
El pobre no se daba cuenta de que acaba de caer en su propia trampa y que algo mucho peor que la carencia de espejos estaba a punto de avecinarse sobre él.
Ciento veinte palabras y dos cervezas después se estaban morreando. Él estaba encantado y salivaba estupendamente pensando en lo que creía que vendría después. Le besó el cuello y aprovechando la subida le dijo al oído:
-Vente conmigo, voy a llevarte a un sitio genial.
Y como era de esperar se la llevó a su casa y la metió en la cama (previo desnudamiento erótico).
Entonces Adela le deleitó con sus más estudiadas artes amatorias, saltos acrobáticos y demás juegos orales. Él no la miraba, tenía los ojos cerrados y gemía como un animal herido, gemidos in crecendo, que habría dicho un músico.
Cuando él se disponía a vaciarse, Adela se estiró, como un gato cuando se pone alerta.
Estaba subida sobre él, con los ojos telescópicos y negros. Estiró los brazos y los dejó crecer hasta alcanzar el techo. Adela aumentaba, sus piernas, su cuello, y se hacía gigante mientras se preparaba para el ataque. Su cuerpo se transformaba en un tallo monstruoso, de sus extremidades salían hojas y su pelo se compactaba en un rojo infinito formando dos pétalos. Fue entonces cuando él abrió los ojos e intentó gritar, pero ya era tarde, a Adela le habían salido los dientes.
Así fue como aquella noche La Planta consiguió una buena digestión postcoital y el mundo se quedó con un canalla menos.
Sonreía a todo el mundo y a nadie en particular, dejando que su estela de dientes alumbrara el garito. Se movía de un lado a otro, saludando, abriendo la masa con pequeños toques de hombro (a los hombres) y de cintura (a las mujeres).
Disimulaba bastante bien, pero a veces se le escapaban pequeñas miradas furtivas al espejo de detrás de la barra. No podía evitarlo, estaba encantadísimo de conocerse.
Adela seguía mirándole, con una sonrisa de medio lado como diciendo "cuando te coja verás". Y justo entonces él se acercó y le tocó la punta de la nariz
- Si no dejas de mirarme, al final te tendré que cobrar- dijo entre los dientes de su sonrisa.
El pobre no se daba cuenta de que acaba de caer en su propia trampa y que algo mucho peor que la carencia de espejos estaba a punto de avecinarse sobre él.
Ciento veinte palabras y dos cervezas después se estaban morreando. Él estaba encantado y salivaba estupendamente pensando en lo que creía que vendría después. Le besó el cuello y aprovechando la subida le dijo al oído:
-Vente conmigo, voy a llevarte a un sitio genial.
Y como era de esperar se la llevó a su casa y la metió en la cama (previo desnudamiento erótico).
Entonces Adela le deleitó con sus más estudiadas artes amatorias, saltos acrobáticos y demás juegos orales. Él no la miraba, tenía los ojos cerrados y gemía como un animal herido, gemidos in crecendo, que habría dicho un músico.
Cuando él se disponía a vaciarse, Adela se estiró, como un gato cuando se pone alerta.
Estaba subida sobre él, con los ojos telescópicos y negros. Estiró los brazos y los dejó crecer hasta alcanzar el techo. Adela aumentaba, sus piernas, su cuello, y se hacía gigante mientras se preparaba para el ataque. Su cuerpo se transformaba en un tallo monstruoso, de sus extremidades salían hojas y su pelo se compactaba en un rojo infinito formando dos pétalos. Fue entonces cuando él abrió los ojos e intentó gritar, pero ya era tarde, a Adela le habían salido los dientes.
Así fue como aquella noche La Planta consiguió una buena digestión postcoital y el mundo se quedó con un canalla menos.
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Mi primera arruga se llama Virginia.
Me arañó la cara por la noche, a escondidas, (como una traidora sigilosa) mientras yo soñaba con chupachups, globos y gusanitos.
Mi primera arruga ya me cae mal, de entrada. Esperaba un email, un telegrama o que un niño me llamara "Señora", como aviso. Pero Virginia no se ha andado con tonterías, ha sacado las uñas y me ha subrayado el ojo, insultantemente.
La odio...
...y me asusta.
Me arañó la cara por la noche, a escondidas, (como una traidora sigilosa) mientras yo soñaba con chupachups, globos y gusanitos.
Mi primera arruga ya me cae mal, de entrada. Esperaba un email, un telegrama o que un niño me llamara "Señora", como aviso. Pero Virginia no se ha andado con tonterías, ha sacado las uñas y me ha subrayado el ojo, insultantemente.
La odio...
...y me asusta.
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