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Viernes 20 18.35
Sigo andando, ahora más rápido porque acabo de ver que me pilla la hora y llego tarde. Y es entonces, mientras voy cogiendo velocidad, cuando muy poco oportunamente me topo con el peligrosísimo PEATÓN CYBORG

PEATÓN CYBORG: Dícese del viandante que marca en su mente una meta y una trayectoria y castra su visión de otros peatones o elementos de la ciudad.
Se le reconoce porsu mirada perdida, su incapacidad de rotar sobre su eje vertical y su pérdida temporal del lenguaje (jamás recibirás una disculpa de sus labios).
ARMAS COMUNES: Algunos incluyen accesorios como paraguas, carritos con niños, papel de regalo y el más temible de todos y doloroso, “la bolsa con brick”, aquella que está programada para clavarse en los gemelos de los peatones comunes, dejándoles temporalmente incapacitados y gritando burradas.
PERFILES HABITUALES: Varones intentando ignorar a sus parejas mientras éstas quieren discutir a toda costa, ,  señores maduros con bolsas, que quieren llegar pronto a casa para que nadie sepa que son ellos los que van al Mercadona, chavales con vigas, percheros, barras de ducha u otros elementos de bricolaje largos y “que no caben ni de coña”, abuelas con carros y bolsas anexas, más conocidas como YAYAS INFRANQUEABLES... y personas con chándal (en general).

ARCHIENEMIGO: Los niños menores de seis años. Su trayectoria es aleatoria, inconsciente y basada en una percepción deformada de la dureza de los elementos urbanos (creen que todo rebota).
Dentro de este grupo, destacaríamos al TEMERARIO PRO, el niño que además de lo anterior, es capaz de correr mientras mira hacia atrás (habilidad que se pierde al cumplir los 7 años, salvo en algunos adultos durante persecuciones policiales).

De todo esto concluyo y aconsejo, caminar por calles de aceras anchas o equiparse con los elementos de seguridad necesarios para evitar lesiones y... lo más importante, jamás os interpongáis entre un PEATÓN CYBORG y un TEMERARIO PRO. Ninguno de los dos tiene piedad ni la conoce.

Martina no estaba siempre sonriendo, es que no le cabían los dientes en la boca. Cuando hablabas con ella te miraba profundamente, con sus dos ojillos diminutos y siempre parecía esperar el final de un chiste, incluso cuando le estabas hablando de cosas tan serias como la dificultad de entablar amistad con las amebas o el dolor de arrancarse una costra de la rodilla.
Martina no era fea, pero daba un poco de pereza mirarla y seamos sinceros, yo no la hubiera contratado para trabajar de cara al público. Ese era su principal problema, la falta de ocupación. Tenía cerca de los 30 años (14 años de poblacionactivismo desaprovechado) y no había dado un palo al agua en su vida. No por falta de ganas, sino por sobra de desganas de los demás.

Así, aquella tarde me senté con ella, en un bar oscuro, preestudiadamente de madera (no soportaba el chirriar de sus dientes contra los suelos de piedra) y empezamos a pensar posibilidades laborales que la pudieran sacar de su miseria.
Cuatro cervezas después (ella, con pajita, por supuesto), teníamos varias ideas: vigilanta de seguridad de los túneles del metro, soporte publicitario alternativo (las medidas nos daban por lo menos para un A2), minera a tiempo parcial, expositor de dentífricos y un largo etcétera que os aburriría sin duda.
Ninguna de las opciones le pareció lo suficientemente atractiva,así que para enfatizar su incipiente depresión, nos fuimos a dar un paseo pobrecitayo a la playa.
Como bien os imagináis, al atravesar la arena desde el borde de la playa a la orilla, detrás de Martina quedaron unos surcos perfectamente alineados y de profundidad considerable. A lo lejos, un señor con cara de "me vendría bien ahorrar en maquinaria" nos miraba con los ojos abiertos como platos.
-Niña, vente pa acáaa!!- gritó.

Así fue como Martina encontró su primer trabajo. No surcando los mares, pero sí surcando la arena, que es menos romántico, pero más de secano.
Me encontré una lámpara, una lámpara sin bombillas, como la del cuento, y por si las moscas la froté, como manda la tradición.
En vez de un genio (que hubiera sido lo normal), se vaporó una señora con gafas que llevaba un estropajo mojado en la mano.
-¿Qué ha pasado, niña?-me preguntó intentando ser amable, pero con cara de susto.
- Pues no sé, he frotado y ha aparecido usted, no le puedo decir más.
La mujer entonces estiró el cuello y miró hacia los lados, como buscando cámaras ocultas.
- Pues frotando estaba yo, nena. Así que mira a ver cómo lo haces, pero a mí me mandas a mi casa otra vez, que tengo muchas cosas que hacer-dijo poniéndose chula con todavía medio cuerpo dentro de la lámpara.
Tiré entonces de archivo audiovisual y pensé en todas las películas relacionadas que he visto. Por la cabeza se me pasó la idea de una mutación espacio temporal, una puerta teletransportadora provocada por el frotamiento simultáneo e incluso un fallo en Matrix. Pero lo mío no es la física y decidí hacer lo que cualquiera en mi caso habría pensado, apagar y volver a encender.
Así que agarré fuerte la lámpara y la froté otra vez, con mucha fe.
Para mi sorpresa la lámpara se puso roja, hizo un ruido como de tos y se tragó a la señora de la misma manera que la había escupido.
Dejé aquel cacharro en el suelo, justo donde lo había encontrado y eché a andar. Me dio penita no despedirme de la señora, que se la veía simpática, pero los sucesos paranormales son así, un poco maleducados.
Querido Lobo Feroz:

Ya he recibido el correo con tu foto, gracias.
Tengo que reconocer que eres bastante atractivo y sería un placer conocerte, por supuesto.
Pero antes que nada, me gustaría avisarte de lo delicada que soy, no vayas a destrozarme con una mirada mal echada cuando nos encontremos.

Supongo que habrás oído hablar de mí por la escenita de los colchones. Reconozco que fue un momento épico, casi de circo. Lo hubiera conseguido con un grano de couscous, pero tampoco era cuestión de fardar.
Pero bueno, lo que quería comentarte es que ser delicada también tiene sus incovenientes, porque para empezar tendremos que hacerlo sin tocarnos (y más después de ver lo peludo que eres y la cantidad de microorganismos que llevarás puestos).
He pensado que podríamos sentarnos uno frente al otro y decirnos guarradas. Soy bastante buena en eso (algunos galanes grimmianos podrán corroborártelo), así que aunque en principio te parezca un poco raro, te aseguro que será satisfactorio.

Si aún sigue interesándote contesta a mi email diciéndome cuándo te vendría bien quedar. El sitio ya lo elijo yo, que tengo vistos un par de locales aptos para encuentros salubres.

Espero tus respuesta. Un abrazo

La Princesa del Guisante
Cada vez tengo más claro que no me quiero morir. Estoy pensando opciones para convertirme en inmortal, pero ninguna me congratula lo suficiente.
Han intentado venderme elixires de eterna juventud, e incluso un día un vampiro me guiñó un ojo, pero no me fío. De los farmacéuticos y los animalicos pseudocaníbales una no se puede fiar.
Agradecería que alguien me ofreciera una solución, y a ser posible sin efectos secundarios. No tengo ganas de seguir viva mientras me pudro (los gusanos me dan asquete), ni de tener una interminable existencia llena de achaques o alzheimeres varios.
Si se te ocurre algo, llámame y lo negociamos. No puedo pagarte mucho, pero te lo agradeceré eternamente.
Antes de nacer, yo ya pensaba, (porque era muy resabida ya desde el principio) y pensaba que qué bien se estaba en el útero y que de allí no me movía ni dios.
Supongo que algo tendrá que ver, que cuando a mi madre le empezaron las contracciones estaba viendo el un, dos, tres y yo, acostumbrada a no elegir (porque me lo daban todo hecho), me imaginé un mundo donde todo sería cuestión de tomar decisiones "¿el sobre verde o la caja con lazo?". Así que me hice la dura, estiré los brazos y las piernas para hacer tope y levanté la cabeza y grité bien alto ¡¡NO NOS MOVERÁN!!
Mi madre se puso tensa entonces y pensó en darme un cachete para hacerme entrar en razón, pero pegar a un hija nonata está feo, y se contuvo.
Así fue como después de 18 horas de parto y viendo que yo seguía en mis trece, el médico decidió entrar a por mí. Se puso un casco con luz (como los de los mineros) y metió la cabeza y un brazo dentro de mi madre.
Al principio intentó tocar mi lado sensible. Me explicó que mi madre estaba pasándolo muy mal y que si yo no salía ella tendría muchos problemas de espalda en el futuro. No funcionó.
Después recurrió a la negociación "si sales te doy esta piruleta" o " tu madre ha dejado de proveerte avituallamiento, antes o después te tendrás que rendir". Tampoco funcionó.
Finalmente la fuerza se impuso sobre la maña y me agarró de una oreja y tiró hacia fuera con todas sus fuerzas ( y las de dos enfermeras que le ayudaban desde fuera). Mi madre también empujaba, a la vez que me ponía un montón de nombres, que me hacían justicia, pero que no me gustaban nada "sal ya, hijaputa" "te voy a matar, pedazo de bebé sadico". Y al final salí.
Pero salí porque quise, porque ya me había entrado hambre.
Con la rotura de la placenta me caí al suelo y me resbalé. Pero me levanté, con la cabeza alta y los ojos entornados, me sacudí la sangre con el revés de las manos y me fui andando hacia la cafetería, con un pie delante del otro y moviendo el culo. Pa chula yo.
*Frase patrocinada por Javier Crux

Tengo una rebanada de Pan Bimbo entre las manos y me mira con los ojillos dilatados. Dice que tiene frío y llora.
Intento convencerle de que no tiene razón para sentirse solo, que hace muy buena pareja con muchas cosas y que pronto encontrará a alguien a quien poder abrazar. Le digo que es un alimento muy versátil, que puede adaptarse al dulce, o al salado, o al amargo sin despeinarse. Pero no me hace caso y llora, llora, llora...
Entonces le digo que tiene mucha suerte, que puede montárselo solo, en plan tostada, o en pareja, como canapé o incluso en trío, como sandwich. Pero nada puede consolarle y sigue llorando como extratierno que es.
Al final me rindo, no hay nada que hacer y con todo el dolor de mi corazón, y aprovechando que está mojadito, me hago una torrija.
Me quieres, porque soy rubio, porque te doy placer bucal y porque dejarte ver acompañada por mí te da clase, glamour, chiquez.

Aún así prometo hacer lo posible por generarte un cáncer, hacer que una nube de humo te persiga (como el olor de los pasteles en los dibujos animados) y te regalaré un par o tres de toses matutinas con las que creerás que se te va a caer un pulmón de camino al baño.

Como cigarro tuyo que soy, te lo advierto (chupa, chupa, que yo te aviso).
Un niño pequeño, con cara de coliflor (y olor a coliflor) me cortaba las uñas de los pies. Yo no podía moverme. Era vieja y oronda y las abdominales no me daban para tanto. Tenía millones de pliegues, pero ninguno me servía como eje. Una pena.
El niño pequeño acababa siempre agotado. Le pagaba por uña cortada, no por horas, y cada uña llevaba su tiempo. Eran gruesas, mastodónticas, y tenía que hacer mucha fuerza con sus manitas para no caer con ellas al suelo.

Una vez que tenía mucho sueño y pocas ganas, una uña de anular pudo con él y acabó tumbado, todo lo corto que era, con la uña aplastándole el cuello. Por poco se ahoga, alma mía...
Decidí entonces compensarle y le regale una de las más grandes, (del dedo gordo, claro) para que se hiciera un monopatín. Y se lo hizo, vaya si se lo hizo...

Desde entonces todos los niños de mi barrio quieren cortarme las uñas (lo que son las tendencias) y he tenido que levantarme tantas veces a abrir la puerta que he perdido todos los kilos que no me dejaban alcanzármelas por mí misma.
Así son las cosas. Ahora el niño coliflor y yo hemos montando una empresa de skates artesanales. Hay que joderse...
Tic tac tic tac tic tac
Dingggggg
-Si??
-Yo!
Buzzzzzzz

Ruuuuunnnnn

Toc toc toc
-Eh!
-Hombre!
Muak, muak

Ñoco ñoco
Quitadme lo que queráis, pero no me quitéis los ojos, que es lo más mío que tengo.
Quitadme la lengua, pero no me quitéis el rojo. Si es necesario me la destiño y os la doy en blanco y negro.