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Ayer vi el día de mi muerte y no me asusté.
Después de cantar en la calle (previo permiso del ayuntamiento), quedaré con un par de amigos para gastar lo ganado en un bar en el que la camarera es conocida. Ellos se irán, como es normal, (porque son pareja feliz), a retozar y dormir, y me quedaré sola en la barra hablando con cualquiera de todo lo que puedo hacer y no hago.
Iré después al Deshoras a comprar el tabaco más barato que me den y un bote de cerveza y me iré a casa, intentando seguir las líneas de las baldosas para que no se me note que he bebido de más.
Después subiré las escaleras hasta casa, rápido y fuerte, presumiendo internamente de que hago algo de deporte por las mañanas y no me canso, hasta el tercero (un cuarto, porque hay entresuelo).
Me sentaré frente al ordenador para escribir, fumando del tabaco barato y bebiendo del bote, mientras en mi cuatro pistas de cerebro pienso en "hoy es el último día que fumo y bebo", "qué bien dormiría con él, aunque últimamente esté un poco idiota", "si mi padre lee esto se va a preocupar mucho y va a venir a rescatarme" y " mientras escribía le he dado sin querer al Photoshop y se ha abierto, qué torpe estoy".
Luego me acostaré sin lavarme lo dientes (porque cansa) y buscaré la postura idónea para no marearme y para que mañana no me duela el cuello.
Cerraré los ojos, pensaré en si mañana tendré un día más de regalo y me pondré el despertador sabiendo que le daré al "diez minutos más" una y otra vez hasta que me haga pis o alguien llame desesperadamente a la puerta (normalmente el cartero).
Pero al día siguiente el despertador se quedará afónico porque no despertaré. Sonará sin sentido, para nadie, hasta que se acabe la batería, molestando a los vecinos que se pondrán nerviosos por el ruido (como cuando salta la alarma de un coche), pero no harán nada más que desear que el pitido pare.


Dicen que de tantos moratones, un día te vuelves negro. 
Puedes entonces elegir entre centrarte en el dolor o asumir que has cambiado de raza
(hiphop mode)
Triste como un chicle de menta en el suelo masticado
triste como la tristeza de destripar el pescado
Triste como un boli sin tinta, como un lápiz despuntado
triste como estar más viva que la vida que te ha tocado.

Triste como que se te cuele una señora en el mercado
triste como las pintadas de la Jenny en el lavabo
"te querré siempre mi vida, corazón con flecha, Carlos
yo aquí me coloqué las tetas en el año 2004"


Triste como llorar sola en la plaza de Callao
y que las lágrimas sean tantas que inunden calle Preciados
tristes tigres, tan tan tristes que de trigo se empacharon
triste yo, triste tu madre y el señor que vive en el cuarto.


La tresteza, triple triste, tres veces triste me callo
porque es triste no decir nada, pero más triste es gritarlo
impotente, entristecida, con los ojos como platos
sólo queda fabricar versos con muchas erres que rimen a/o




De lata y hueso
me delato y me quedo en músculos
a fuego y en llamas
con los ojos como rosas rojas reventonas
Las pestañas me arañan
como cuchillas flácidas
y los colores se vuelven adjetivos vacíos
enmascarados y ermitaños
caducos
Puedo llegar a volverme loca y quemar invernaderos
O arrancar el plástico a bocados y comérmelo todo, verde, ácido, casi desagradable.
O sentarme en la puerta y darme cabezazos contra la tierra
O regar las flores de temporada, que es lo lógico.
Te revelo mis secretos en blanco y negro y te hago copia de los negativos, para que hagas con ellos lo que quieras.
Y así, en un fotomontaje de desnudos, me ves como soy, diminuta y en escala de grises.
Me baño a oscuras en un derrumbamiento de sombras
y me dejo tocar hasta dentro por unos dedos negros,
misteriosos y atemporales.
Después me agarran por la garganta
y me asfixio en mi propia carne
y derrotada me dejo llevar
y derrotada me agarroto.
Cómeme y quítame la luz
apágame y déjame sin ideas.
Para mí la noche, mía.
Me espacio en mi propio espacio, mientras los silencios son el máximo común divisor.
Una cucaracha aparece, rechoncha y con cara de susto, y huye de mí como buena superviviente que es.
Pienso en la posibilidad de vivir con ella, sin ponerle correa, pero estoy de mal humor y la aplasto, con el recogedor de metal. La cucaracha muere y se levanta un eco estrepitoso.

Me baño en el eco y me quedo fría, cuando se va. Cualquier sonido es bueno cuando no tengo ganas de escucharme y hoy me he portado mal y no tengo nada de decirme.
Estar hirviendo no es un delito, pero no dejes que se te vean las burbujas. Aguanta la respiración, coge aire y dale a la soledad (esa perra que te pisa los talones) un taconazo en la espinilla.

Pero no te gires para mirarla porque dicen las malas lenguas que si miras a la soledad a la cara, te partirá en dos, como los sandwiches de nocilla de los cumpleaños. Y ser una mitad es un desastre porque siempre te faltará un brazo, un ojo y si tienes mala suerte y se ha quedado en el otro lado, un corazón.
No quiero ser yo. No hoy. No a esta hora ni en este lugar.

Ser otra chica. Morena, con el pelo largo, alta, elegante y frágil, pero con espíritu. Una chica Cosmopolitan por un día. Superficial, pero Súper, al fin y al cabo.
Bailar con los brazos en alto, tener una sonrisa a cámara lenta. Beber cócteles y eructar ligeramente hacia abajo, con el sonido de las puertas de un autobús. Llevar tacones interminables sin que me duelan los pies y bajar las escaleras como una vedette de toda la vida, sin tambalearme. Llevar pantalones cortos, enseñando cachete, como en los anuncio de Evax. Mear sin sentarme, tensado mis muslos escrupulosamente trabajados. Levantarme con un aliento perfumado después de haber domido sin que se me cayera la baba. Llevar bolsos sobaqueros. Trabajar en Stradivarius. Comer tostadas con queso fresco y pepino. Dejar que todos me admiren mientras secretamente les desprecio, porque llevan zapatillas feas o porque se rascan sus partes. Emborracharme graciosamente y esperar a que algún caballeroso individuo me tumbe en la cama y me quite los zapatos antes de acostarse junto a mí y mirarme mientras duermo.

Hoy, sólo hoy, saldría de mi cuerpo. Lo borraría todo con una goma blanca de Milán.
Pero estoy escrita con boli y lo único que consigo es desconchar el papel...
El aburrimiento acelerado
la condensación de vaho en las ventanas
Encerrada.
Atarse los cordones
y proferir un insulto.
Mutilar las horas
esclavizada a una promesa televisiva.
Mientras,
las cosas suceden
ahí fuera
y otros bailan para mí
actúan para mí y
sienten por mí
Y me despido desde lejos
con un pañuelo blanco
como en las películas en las que salen chicas que lloran
con un vestido de los años cincuenta.
Soy una bombilla llena de vacío, pero sé dar calor.Por dentro las pupilas muertas como agujeros negros que se abren y se cierran intermitentes, autómatas.Me borro y me dibujo como un boceto que nunca parece adecuado y la soledad, aburrida manoseada en miles de canciones cursis se pone de pie frente a mí y me escupe a la cara

No había bombillas de camino a casa ,me detuve besando cada farola

Amarrada a una luz más que artificial, las lágrimas rodaban como piedras ácidas

Susurrando a la noche del todo vendida la tos se movía de fuera hacia dentro

Los árboles grises tiraban las hojas, tratando de herirme con su fuerza inútil

Hablando sin alma, dejando mi cuerpo... Llévame al lugar de besos rasgados;

he mordido paredes y tragado ladrillos. El estómago lento digiere la inercia.