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Me disfrazaré de momia con papel de fumar
y me absorverás a pequeñas caladas.
Te picará, porque rasco gargantas
y a veces me seco y dejo mal sabor de boca.
Pero te llegaré tan dentro de los pulmones
que cada vez que te despiertes tendrás resaca de mí
y toserás mi nombre.
Compra verbos, pide prestadas estrofas, pero cóseme a letras.
Recúbreme de palabras y hazme un vestido.
Si no es mucho pedir, que sea de un color chillón, que chillar desahoga y tú tienes un nudo de silencios atragantándote.
Cada vez que me miras raro se cae un edificio y sólo tengo ganas de volverme avestruz y tragar tierra.
Sigo volando, pero como una avispa, hiriente y amarilla.
Cada vez que me miras raro mis flores se vuelven cactus y me pinchan en los brazos cuando intento abrazarlas.
Sigo nadando, pero me trago el agua y vomito fideos y contrapuntos.
De desierto en desierto bebiendo arena, no tenía más que barro en las tripas. Una masa inerte y pastosa, que le daba ardor de estómago.
Pero un día empezó a llover, sin haberlo pedido, y lo tenía tan fácil que era sólo mirar hacia arriba y abrir la boca.
Y así el agua la limpió por dentro y le regó los órganos, como un hacer el amor de invernadero.
Desde entonces, quedan en las temporadas húmedas, pero ella se guarda en la entrañas un par de charcos (por si las emergencias).
Desatándome los cordones te miro. Estás sentado en la cama, esperando a que me desnude los pies.
Un hilillo de baba te cae por la comisura y no te das cuenta, porque estás más excitado de lo que piensas.
Entonces sin poder evitarlo me das asco y con mi pie recién desnudo te pateo en la boca, dejándote inconsciente sobre las sábanas.
Cojo mis zapatillas, les quito los cordones y te ato, con las manos en la espalda. Saco de mi bolso un impresionante queso machego, un cuchillo y una tabla de madera y voy cortando cuñas, olorosos triángulos de leche fermentada que voy metiendo, uno a uno, en tu boca entreabierta.
Al poco rato te despiertas, confuso, e intentas gritar, pero el queso no te deja apenas respirar y te da un ataque de tos.
Me acerco a tu oído y con una voz casi inaudible te digo:
-Ya tienes lo que querías, enfermo de mierda. Échale imaginación.

Le gusta comerse los corazones de otros, como si fueran magdalenas.
Luego los vomita porque no le gusta sentirse hinchada.
No puede evitarlo, tiene ansia de sangre y arterias.
Pero luego se siente culpable y se mete los dedos para sacárselos.

Bulímica de mierda, ojalá un día te atragantes y se quede atascado un trozo, en la campanilla.
Un trozo que siga latiendo, pum pum, 120 pulsaciones por minuto, acelerado.
Así no podrás comer, ni vomitar y te convertirás en la esclava de los latidos de otro, como nos pasa a los demás.
Eres lengua. Húmedo, caliente y sabes arrastrar poros.
Me mareas y me enciendes, como se enciende una vela y como vela que soy me goteo y lleno todo de agua.
Y los dos chorreamos, entre tu saliva y mi sudor.
Nos escocemos, nos hundimos, nos sacamos los ojos, nos mordemos, nos curamos, nos desvestimos y nos intercambiamos los órganos.

Y es tu voz una deshonra y un martirio
Un caramelo sin papel, listo para tragar
Y sin avisar me entras, saltándote la cola, embistiendo
Mientras me diluyo como una mujer efervescente