Mostrando entradas con la etiqueta historietas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historietas. Mostrar todas las entradas
Viernes 20 12.45.
Postiguet  La señora mayor y la máquina espatarrante.

Después de observar al señor gris, me dan ganas de cambiar de lugar. Nieves me dice que no puedo estar sentada sin hacer nada y tiene un poco de razón, tengo horror vacui de mí misma.
Andamos hacia casa y a la izquierda quedan las máquinas playeras para hacer ejercicio. Por el rabillo del ojo percibo un movimiento extraño, un bamboleo inquietante que da risa y ganas de gritar “Cuidado” a la vez.
-Menos mal que hace ya mucho que esa mujer perdió el hímen- dice Nieves.
Y entonces la señora para y se baja y enfila hacia otra de las máquinas. Y es su paso lento y arrastrado, intentando no tropezar en los bultitos de la arena, queriendo llegar al siguiente objetivo para apoyarse y no perder el equilibrio.
Y así es como me di cuenta y os lo cuento, de que la flexibilidad no es cosa de jóvenes, es cuestión de ganas.
Viernes 20 12.25
Postiguet. Después de subir al castillo y comprobar que hay mucha gente mayor más en forma que yo.

Pasa por delante del banco en el que estoy sentada, con un andar ligero y el pecho un poco hacia fuera, como un palomo. Y como un palomo es gris, de chándal y de pelo, y las zapatillas blancas. Y los calzoncillos que acaba de sacarse de allá donde se le han metido, seguramente sean blancos también y sus ojos son negros.

Y pienso que me cae bien porque no estamos tan lejos. Él es viejo, en blanco y negro, pero no es que esté desteñido y tampoco decolora lo que toca (como un Rey Midas cromático), es que se olvidó de que hay colores, o no llegó a tiempo cuando los repartieron.

Y entonces se acerca un perro y mea cerca de él y le salpica de amarillo y el señor se enfada y se pone rojo de cara y para relajarse se pide un zumo en la cafetería del paseo y el camarero le invita a unas aceitunas. Y así, poco a poco, el hombre es cada vez menos interferencia. Y así me di cuenta y os cuento, que la escala de grises no dura para siempre.

Jueves 19 23.35
Clan cabaret. Suena “Fumando espero”, la versión de La Shica

Estoy sola, limpiando botellas y cantando todo lo fuerte que da la gana porque no hay nadie para escucharme.
Me sube por la espalda un microescalofrío, mis ojos giran hacia la izquierda y lo sé, estoy embarazada de una idea y empiezan las contracciones.
Entonces entran dos tipos, con traje y corbata y pidiendo buenos rones mezclados con cola. Un desperdicio (de sus rones y de mi inspiración).
Así que vuelvo a las botellas, esta vez sin cantar y al poco vuelven las contracciones “Coge un boli, rápido, antes de que rompas aguas y lo pongas todo perdido...” me autogrito internamente.
Y entonces oigo “Reiki, loooca” y entra una sonrisa seguida de unas piernas.
“Manuche, que sepas que acabas de asesinar a mi segunda idea nonata del día”.

Y así fue como todo iba a empezar y no empezó, pero a la vez es el principio.
El Faq52m era una cafetería antigua de la carretera M890v de la ruta interestelar.
Llevaba allí 300 nanosegundos escasos, cuando me di cuenta de que un mono mutante me miraba al fondo de la barra con ojos golosos.
Nunca me gustaron los simios, pero en este caso mis hormonas tomaban sus propias decisiones y aquel especímen era impresionante.
El mono me mantenía la mirada y como una tonta, me iba acercando a él irremediablemente, como atraída con una cuerda y una polea.
Un error de cálculo hizo que finalmente nos chocáramos y para mi desgracia le rompí el tabique nasal derecho.
-Lo siento mucho, es que todavía no controlo mis atracciones de tipo F - dije agachando la cabeza sonrojada hasta las orejas.
- No te preocupes, ha sido culpa mía, he tirado demasiado -contestó mientras se sujetaba un colgajo de carne sangrante fruto de mi embestida.

Era un mono bastante atractivo. Tenía el pelaje blanco y los ojos amarillos y sus manos enormes (ahora llenas de sangre y temblorosas aún del susto) me producían una extraña necesidad de ser manoseada.

Olvidando todas las leyes de mi especie le empujé literalmente contra la barra. Le puse un imperdible en la nariz dolorida (ya se la arreglaría alguien después) y le limpié la sangre de la cara con la lengua. Él me miró complacido, me levantó, me dio un beso en la frente y me colgó de uno de los percheros para abrigos que había en la pared. Yo estaba excitadísima, me supuraban los poros y mi líquido reproductor brillaba deslumbrando a todos los borrachos que nos miraban como esperando el momento de aplaudir.

Entonces el mono cogió una silla, la colocó frente a mí y se sentó sin quitarme los ojos de encima. Apartó su melena púbica y agarró su homínido miembro con ambas manos. Yo gritaba como un ser subdesarrollado, tirándome de los pelos y frotándome las piernas. Cuando estaba a punto de desmayarme el mono albino eyaculó.
Como era habitual, su líquido me bañó por completo, apagando mi brillo y mis ganas. La fecundación había finalizado.

Dos meses después di a luz un niño. Era una mezcla deliciosa de simio y neohumana. Tenía los ojos amarillos, como su padre y supuraba y brillaba en la oscuridad cuando algo le divertía, como les sucedía a los de mi especie.

Nunca volví a ver al mono mutante, pero todavía me dan escalofríos cada vez que veo un plátano.
Martina no estaba siempre sonriendo, es que no le cabían los dientes en la boca. Cuando hablabas con ella te miraba profundamente, con sus dos ojillos diminutos y siempre parecía esperar el final de un chiste, incluso cuando le estabas hablando de cosas tan serias como la dificultad de entablar amistad con las amebas o el dolor de arrancarse una costra de la rodilla.
Martina no era fea, pero daba un poco de pereza mirarla y seamos sinceros, yo no la hubiera contratado para trabajar de cara al público. Ese era su principal problema, la falta de ocupación. Tenía cerca de los 30 años (14 años de poblacionactivismo desaprovechado) y no había dado un palo al agua en su vida. No por falta de ganas, sino por sobra de desganas de los demás.

Así, aquella tarde me senté con ella, en un bar oscuro, preestudiadamente de madera (no soportaba el chirriar de sus dientes contra los suelos de piedra) y empezamos a pensar posibilidades laborales que la pudieran sacar de su miseria.
Cuatro cervezas después (ella, con pajita, por supuesto), teníamos varias ideas: vigilanta de seguridad de los túneles del metro, soporte publicitario alternativo (las medidas nos daban por lo menos para un A2), minera a tiempo parcial, expositor de dentífricos y un largo etcétera que os aburriría sin duda.
Ninguna de las opciones le pareció lo suficientemente atractiva,así que para enfatizar su incipiente depresión, nos fuimos a dar un paseo pobrecitayo a la playa.
Como bien os imagináis, al atravesar la arena desde el borde de la playa a la orilla, detrás de Martina quedaron unos surcos perfectamente alineados y de profundidad considerable. A lo lejos, un señor con cara de "me vendría bien ahorrar en maquinaria" nos miraba con los ojos abiertos como platos.
-Niña, vente pa acáaa!!- gritó.

Así fue como Martina encontró su primer trabajo. No surcando los mares, pero sí surcando la arena, que es menos romántico, pero más de secano.
Me han llorado tanto en el hombro, que me ha salido un jardín. Es curioso, es como los piratas con los loros, pero con geranios.

Cuanto más me lloran, más me crece, pero no me molesta, porque las flores me hacen cosquillas en las orejas.

Un día apareció una abeja, rechoncha y zumbona y sin mirarme siquiera se puso a chuparme una flor, comopedroporsucasa. Tengo que reconocer que me indigné un poco. La cogí de las alas, me la puse cara a cara y le dije:
- Oye guapa, ¿podrías por lo menos pedir permiso? Porque mira por donde hoy no me apetecen que me liben.
La abeja no entendía nada, abría mucho los ojos para darme pena y pestañeaba sobreactuadamente intentando conmoverme.
Yo movía mi dedo arriba y abajo, como las profesoras de las películas poniendo a la abeja cada vez más nerviosa. Al final, presa de la impotencia, estalló en lágrimas y hacer a un insecto llorar no tiene perdón de dios.
Así que me la puse en el hombro, donde las lágrimas eran bienvenidas y dejé que se desahogase, hasta que se quedó vacía y con hipo.
Allí donde el llanto cayó, floreció una planta diminuta y la abeja, agradecida y recompuesta, la cogió con sus patitas, se subió a mi cabeza volando y me la colocó en el pelo.

Nunca imaginé que finalmente un bicho tan feo y yo pudiéramos experimentar un momento tan cursi y romántico.

Desde entonces somos amiguísimas y hemos tramado un plan maléfico para dominar el mundo. Ten cuidado, porque cuando menos te lo esperes, mi abeja se te acercará y te fecundará con mis polen.
Hoy he tenido un momento incómodo con los niños.

  Por fortuna ninguno de ellos sabe hablar todavía y no tengo que aguantar gritos de "mamá, mamá" constantemente, pero los llantos no me los quita nadie y hoy el recién llegado, el chino, estaba muy nervioso.
  Al principio le he intentado ignorar. He cerrado la puerta de la habitación y he subido el volumen de la tele. Pero no podía concentrarme en nada y el pánico ha empezado a subírseme por la espalda por si alguien le oía y se preocupaba más de lo normal.

  Así que no he tenido más remedio que abrir el armario, cogerle de los pelos y llevármelo prematuramente a la cocina (todavía faltaba un rato para la hora de comer).
  Le he preparado un biberón con Xanax, para que se estuviera tranquilito y bueno, como es habitual, he abierto mi libro de Cocina del Mundo y he buscado una receta acorde con el crío. He leído pollo agridulce y he soltado una carcajada tremenda.
  Era pronto y no tenía mucha hambre, así que me he preparado sólo la mitad y el resto lo he metido en el congelador con su correspondiente pegatina. Nunca se sabe cuándo podré pillar a otro con buena pinta, así que no me viene mal tener cuatro o cinco de reserva por si se me da un mes malo.

  Yo creo que para mañana me prepararé al argelino, que esta mañana le he visto mal color. No sea que con la tontería se me muera y lo tenga que tirar, que luego tiesos no hay quien los corte.
El robot se queja, porque tiene la aorta rota. Sangra líquidos y llora líquidos porque le han liquidado.
“Sabías que no debías despistarte” – se dijo

El martes el robot era metal, una aleación de materiales innombrables y aburridos. El robot era predecible, perfecto, sin sexo, ortodoxo.

El miércoles el robot mutó, se hizo híbrido y los cables fueron venas y el carburante bilis y su GPS se transformó en orientación. Un ser mixto, como un vagabundo con una pierna ortopédica.

El jueves fue consciente de su consciencia y deseo morir porque sabía que algún día moriría.

El viernes se arrancó el cuadro de mandos. Se llevó con ello dos uñas y un montón de pieles. Se hizo nudos en los cables y lazos en los nudos y se sintió artístico, creador y autoasesino.

El sábado por la mañana se arrepintió, pero ya era más que tarde.
Ser habitable no es fácil, hay que conocerse mucho y hacerse algunas reformas. Yo era un piso pequeño, con una terraza enorme. En principio no suena mal, pero la terraza estaba siempre sucia y llena de grietas porque llovía a menudo y se quedaba hecha un asco.
Pensé en ponerme un toldo verde, de esos que tienen flores en la parte de dentro, pero el viento también era cosa habitual y habría acabado volando por los aires.
Así que allí estaba yo, con buenas vistas, pero con cara de vieja.
Un día, hojeando el periódico vi un anuncio que me llamó la atención: "Chico espacioso, bien comunicado y luminoso. Totalmente amueblado y con vistas al mar" y sin dudarlo agarré el teléfono y le llamé.
Hicimos buenas migas en seguida, a pesar de que él tenía muchas escaleras y yo estaba casi siempre húmeda y tiritando. Así que decidimos unir fuerzas y montarnos un dúplex.
Nos encanta recibir visitas, así que si tienes las piernas fuertes y un buen chubasquero, puedes venir a vernos cuando quieras, sobretodo si eres un trastero o un garaje, que es lo que nos falta.
Me encontré una lámpara, una lámpara sin bombillas, como la del cuento, y por si las moscas la froté, como manda la tradición.
En vez de un genio (que hubiera sido lo normal), se vaporó una señora con gafas que llevaba un estropajo mojado en la mano.
-¿Qué ha pasado, niña?-me preguntó intentando ser amable, pero con cara de susto.
- Pues no sé, he frotado y ha aparecido usted, no le puedo decir más.
La mujer entonces estiró el cuello y miró hacia los lados, como buscando cámaras ocultas.
- Pues frotando estaba yo, nena. Así que mira a ver cómo lo haces, pero a mí me mandas a mi casa otra vez, que tengo muchas cosas que hacer-dijo poniéndose chula con todavía medio cuerpo dentro de la lámpara.
Tiré entonces de archivo audiovisual y pensé en todas las películas relacionadas que he visto. Por la cabeza se me pasó la idea de una mutación espacio temporal, una puerta teletransportadora provocada por el frotamiento simultáneo e incluso un fallo en Matrix. Pero lo mío no es la física y decidí hacer lo que cualquiera en mi caso habría pensado, apagar y volver a encender.
Así que agarré fuerte la lámpara y la froté otra vez, con mucha fe.
Para mi sorpresa la lámpara se puso roja, hizo un ruido como de tos y se tragó a la señora de la misma manera que la había escupido.
Dejé aquel cacharro en el suelo, justo donde lo había encontrado y eché a andar. Me dio penita no despedirme de la señora, que se la veía simpática, pero los sucesos paranormales son así, un poco maleducados.
Querido Lobo Feroz:

Ya he recibido el correo con tu foto, gracias.
Tengo que reconocer que eres bastante atractivo y sería un placer conocerte, por supuesto.
Pero antes que nada, me gustaría avisarte de lo delicada que soy, no vayas a destrozarme con una mirada mal echada cuando nos encontremos.

Supongo que habrás oído hablar de mí por la escenita de los colchones. Reconozco que fue un momento épico, casi de circo. Lo hubiera conseguido con un grano de couscous, pero tampoco era cuestión de fardar.
Pero bueno, lo que quería comentarte es que ser delicada también tiene sus incovenientes, porque para empezar tendremos que hacerlo sin tocarnos (y más después de ver lo peludo que eres y la cantidad de microorganismos que llevarás puestos).
He pensado que podríamos sentarnos uno frente al otro y decirnos guarradas. Soy bastante buena en eso (algunos galanes grimmianos podrán corroborártelo), así que aunque en principio te parezca un poco raro, te aseguro que será satisfactorio.

Si aún sigue interesándote contesta a mi email diciéndome cuándo te vendría bien quedar. El sitio ya lo elijo yo, que tengo vistos un par de locales aptos para encuentros salubres.

Espero tus respuesta. Un abrazo

La Princesa del Guisante
Un perro sucio hurgaba en la basura
un viejo famélico se apoyaba en un quicio
un dolor se paseaba con batín, copa y puro
mientras el niño se ahogaba en un charco de sangre.

Una calle estrecha se vestía de avenida
un millón de uniformes regaban la noche
el demonio a oscuras se partía de risa
mientras el niño se ahogaba en un charco de sangre.

Una lágrima vírgen saltaba de un ojo
un error sonrojado nacía y chillaba
un enano corría porque seguía vivo
mientras el niño se ahogaba en un charco de sangre.
De un vistazo rápido le sintetizó: era un fresco, un canalla.
Sonreía a todo el mundo y a nadie en particular, dejando que su estela de dientes alumbrara el garito. Se movía de un lado a otro, saludando, abriendo la masa con pequeños toques de hombro (a los hombres) y de cintura (a las mujeres).
Disimulaba bastante bien, pero a veces se le escapaban pequeñas miradas furtivas al espejo de detrás de la barra. No podía evitarlo, estaba encantadísimo de conocerse.

Adela seguía mirándole, con una sonrisa de medio lado como diciendo "cuando te coja verás". Y justo entonces él se acercó y le tocó la punta de la nariz
- Si no dejas de mirarme, al final te tendré que cobrar- dijo entre los dientes de su sonrisa.
El pobre no se daba cuenta de que acaba de caer en su propia trampa y que algo mucho peor que la carencia de espejos estaba a punto de avecinarse sobre él.

Ciento veinte palabras y dos cervezas después se estaban morreando. Él estaba encantado y salivaba estupendamente pensando en lo que creía que vendría después. Le besó el cuello y aprovechando la subida le dijo al oído:
-Vente conmigo, voy a llevarte a un sitio genial.
Y como era de esperar se la llevó a su casa y la metió en la cama (previo desnudamiento erótico).

Entonces Adela le deleitó con sus más estudiadas artes amatorias, saltos acrobáticos y demás juegos orales. Él no la miraba, tenía los ojos cerrados y gemía como un animal herido, gemidos in crecendo, que habría dicho un músico.
Cuando él se disponía a vaciarse, Adela se estiró, como un gato cuando se pone alerta.
Estaba subida sobre él, con los ojos telescópicos y negros. Estiró los brazos y los dejó crecer hasta alcanzar el techo. Adela aumentaba, sus piernas, su cuello, y se hacía gigante mientras se preparaba para el ataque. Su cuerpo se transformaba en un tallo monstruoso, de sus extremidades salían hojas y su pelo se compactaba en un rojo infinito formando dos pétalos. Fue entonces cuando él abrió los ojos e intentó gritar, pero ya era tarde, a Adela le habían salido los dientes.
Así fue como aquella noche La Planta consiguió una buena digestión postcoital y el mundo se quedó con un canalla menos.
Antes de nacer, yo ya pensaba, (porque era muy resabida ya desde el principio) y pensaba que qué bien se estaba en el útero y que de allí no me movía ni dios.
Supongo que algo tendrá que ver, que cuando a mi madre le empezaron las contracciones estaba viendo el un, dos, tres y yo, acostumbrada a no elegir (porque me lo daban todo hecho), me imaginé un mundo donde todo sería cuestión de tomar decisiones "¿el sobre verde o la caja con lazo?". Así que me hice la dura, estiré los brazos y las piernas para hacer tope y levanté la cabeza y grité bien alto ¡¡NO NOS MOVERÁN!!
Mi madre se puso tensa entonces y pensó en darme un cachete para hacerme entrar en razón, pero pegar a un hija nonata está feo, y se contuvo.
Así fue como después de 18 horas de parto y viendo que yo seguía en mis trece, el médico decidió entrar a por mí. Se puso un casco con luz (como los de los mineros) y metió la cabeza y un brazo dentro de mi madre.
Al principio intentó tocar mi lado sensible. Me explicó que mi madre estaba pasándolo muy mal y que si yo no salía ella tendría muchos problemas de espalda en el futuro. No funcionó.
Después recurrió a la negociación "si sales te doy esta piruleta" o " tu madre ha dejado de proveerte avituallamiento, antes o después te tendrás que rendir". Tampoco funcionó.
Finalmente la fuerza se impuso sobre la maña y me agarró de una oreja y tiró hacia fuera con todas sus fuerzas ( y las de dos enfermeras que le ayudaban desde fuera). Mi madre también empujaba, a la vez que me ponía un montón de nombres, que me hacían justicia, pero que no me gustaban nada "sal ya, hijaputa" "te voy a matar, pedazo de bebé sadico". Y al final salí.
Pero salí porque quise, porque ya me había entrado hambre.
Con la rotura de la placenta me caí al suelo y me resbalé. Pero me levanté, con la cabeza alta y los ojos entornados, me sacudí la sangre con el revés de las manos y me fui andando hacia la cafetería, con un pie delante del otro y moviendo el culo. Pa chula yo.
Desatándome los cordones te miro. Estás sentado en la cama, esperando a que me desnude los pies.
Un hilillo de baba te cae por la comisura y no te das cuenta, porque estás más excitado de lo que piensas.
Entonces sin poder evitarlo me das asco y con mi pie recién desnudo te pateo en la boca, dejándote inconsciente sobre las sábanas.
Cojo mis zapatillas, les quito los cordones y te ato, con las manos en la espalda. Saco de mi bolso un impresionante queso machego, un cuchillo y una tabla de madera y voy cortando cuñas, olorosos triángulos de leche fermentada que voy metiendo, uno a uno, en tu boca entreabierta.
Al poco rato te despiertas, confuso, e intentas gritar, pero el queso no te deja apenas respirar y te da un ataque de tos.
Me acerco a tu oído y con una voz casi inaudible te digo:
-Ya tienes lo que querías, enfermo de mierda. Échale imaginación.

Tengo una rebanada de Pan Bimbo entre las manos y me mira con los ojillos dilatados. Dice que tiene frío y llora.
Intento convencerle de que no tiene razón para sentirse solo, que hace muy buena pareja con muchas cosas y que pronto encontrará a alguien a quien poder abrazar. Le digo que es un alimento muy versátil, que puede adaptarse al dulce, o al salado, o al amargo sin despeinarse. Pero no me hace caso y llora, llora, llora...
Entonces le digo que tiene mucha suerte, que puede montárselo solo, en plan tostada, o en pareja, como canapé o incluso en trío, como sandwich. Pero nada puede consolarle y sigue llorando como extratierno que es.
Al final me rindo, no hay nada que hacer y con todo el dolor de mi corazón, y aprovechando que está mojadito, me hago una torrija.
Solitos están los humanos. Les miro triste, moviendo la cabeza hacia los lados, no dando crédito. Se sienten solos porque no saben que son impares, que son unidades independientes y se empeñan en hacer grupos. De dos en dos, de cinco en cinco..
Son suficientemente parecidos orgánicamente como para interactuar, pero nunca llegan a entenderse del todo. Se adoran y desprecian los unos a los otros y se aman y desaman a una velocidad asombrosa.
Durante algunos instantes se comprenden y entonces se les arma una sonrisa, o un suspiro. Pero después llega el silencio, o el insulto y se decepcionan y se rinden y vuelven a sentirse solos.
Aquí todo es diferente, hacemos las cosas de otra manera. Supongo que ser capaces de leernos las mentes evita las mentiras. No podemos crearnos una imagen, como hacen ellos, porque nuestra imagen está expuesta tal y como es. Somos conscientes de que somos unidades y no necesitamos que otro nos quiera para querernos, porque de todas maneras no podemos hacer nada para conseguirlo. Por supuesto que también amamos, es el mecanismo natural universal para la perpetuación de la especie, pero cuando nos sucede es para siempre, y sin decepciones, porque somos transparentes.
Elegí a los humanos como tesis porque son pequeños, manejables y curiosos. Les queda mucho por evolucionar, pero son jóvenes y en cierta manera me producen ternura.
Un niño pequeño, con cara de coliflor (y olor a coliflor) me cortaba las uñas de los pies. Yo no podía moverme. Era vieja y oronda y las abdominales no me daban para tanto. Tenía millones de pliegues, pero ninguno me servía como eje. Una pena.
El niño pequeño acababa siempre agotado. Le pagaba por uña cortada, no por horas, y cada uña llevaba su tiempo. Eran gruesas, mastodónticas, y tenía que hacer mucha fuerza con sus manitas para no caer con ellas al suelo.

Una vez que tenía mucho sueño y pocas ganas, una uña de anular pudo con él y acabó tumbado, todo lo corto que era, con la uña aplastándole el cuello. Por poco se ahoga, alma mía...
Decidí entonces compensarle y le regale una de las más grandes, (del dedo gordo, claro) para que se hiciera un monopatín. Y se lo hizo, vaya si se lo hizo...

Desde entonces todos los niños de mi barrio quieren cortarme las uñas (lo que son las tendencias) y he tenido que levantarme tantas veces a abrir la puerta que he perdido todos los kilos que no me dejaban alcanzármelas por mí misma.
Así son las cosas. Ahora el niño coliflor y yo hemos montando una empresa de skates artesanales. Hay que joderse...
Antes de morir preparé mi propia caja. Una caja de zapatos de Elche, de los baratos, forrada con recortes de revistas modernas y pintonas.
Dentro habrá una muela del juicio, un ombligo, un condón y una manta de sofá. La manta ocupará mucho espacio y no cabrá casi nada más.
Fuera se quedarán los besos, los relojes y la tarjeta de crédito. Los besos estarán caducados, los relojes no los necesito y con la tarjeta no puedo ni siquiera sobornar a San Pedro (está chapado a la antigua y sólo admite efectivo).
Cuando me muera me meteré dentro de mi caja. Me arrugaré despacito hasta hacerme pequeña y no se me salgan los pies. Me enrollaré sobre mí misma como una compresa usada y me quedaré quietecita, para no morderme con mi propia muela, ni sacarme un ojo con el ombligo (porque aún muerta, un ombliguerazo molesta).